La luz y para qué sirve una ventana
A propósito de la nueva moda de buscar explicaciones para todo, de aparentar que entendemos lo incomprensible, la arquitectura debe lidiar con todos los componentes físicos que intervienen en el resultado arquitectónico final.
Desde los tiempos prehistóricos, el hombre necesita protección: de los enemigos, de los animales, de la lluvia, del viento, de la luz. A medida que domina sus habilidades, juega con los matices y les da intencionalidad. Por ejemplo, si necesitamos un tejado para protegernos de la lluvia, con el tiempo, hemos descubierto que podemos hacerlo plano y convertirlo en un mirador y a la vez en un solarium, entre otras funciones. Si necesitamos una pared para protegernos del viento y de los olores, hemos sido hábiles para crear aperturas para conseguir beneficios adicionales, sin perder la intencionalidad y función inicial.
Ahora que ya dominamos la técnica de la construcción, nos replanteamos de nuevo la utilidad de la ventana. En realidad, si nos paramos a pensar, para muchas más cosas de las que somos capaces de recordar.
Etimológicamente, ventana proviene del ventus (latín). Es decir, que permite el paso del viento o la ventilación del interior. A pesar de que el vocablo que empleamos actualmente provenga del latín, entonces se usaba otro, el vocablo fenestra. Este provenía, a su vez, del griego, y su significado se centraba más en el fin, en un límite desde el interior. Hoy en día, la palabra defenestrar es tirar a alguien por la ventana, de la misma forma a través de la cual, hace siglos, se tiraban los excrementos. Algo más romántico sería la relación entre Romeo y Julieta, con la ventana como elemento separador entre sus dos circunstancias, entre sus dos universos.
Si echamos mano del maestro de las aperturas, el arquitecto americano del siglo XX Louis Kahn podremos encontrar más motivos y razones que justifican la gran importancia de la ventana. Seguramente creamos esa ventana para darnos luz, eso quiere decir, para iluminar el interior, de forma natural. Sin hacer nada más, desde el interior nos permite ver lo que pasa en el exterior, y viceversa. Si le ponemos un cristal, evitaremos que el viento nos entre. Si lo reforzamos, evitaremos la entrada de animales varios y de intrusos. Si hacemos que sea practicable, podremos ventilar la estancias interiores. Si hacemos que llegue hasta el suelo, será más fácil para conseguir que sea una entrada o una salida. Si bajamos el antepecho de esa ventana, conseguiremos iluminar mejor el suelo, beneficiando la circulación interior. Si damos colores con la luces interiores, podremos explicar por la noche algo para los observantes exteriores. Si damos forma o formas a esas aperturas, ayudaremos a crear una cierta imagen de nuestro edificio. Así seguiríamos con un largo etcétera.
Pero esta vez queríamos reflexionar sobre la luz. La neuroaquitectura actual nos sugiere que la luz nos atrae y que debemos aprovechar esa propiedad para guiar a los usuarios de ese edificio. Las personas reaccionamos emocionalmente al espacio, y la luz es imprescindible para el control de éste.
En la arquitectura es indispensable jugar con la orientación, porque la luz es distinta según su punto cardinal. La luz y su orientación son elementos que no pueden ser controlados, por lo que hemos de ser nosotros los que nos amoldemos a este elemento. La luz varía en cada estación del año, en cada hora del día. Lo que nos lleva a acercanos al principio de incertidumbre de Heisengberg, donde el mismo edificio y en su misma posición, es distinto, cambia.
Hasta ahora hemos filosofado sobre la luz, pero la luz natural. Con la luz artificial, se nos abre otro mundo, un inmenso mundo que nos dará para posteriores reflexiones.
Xavier Mateu – Arquitecto y calculista